Noche de Misterio
Relato breve · 6 min de lectura

7 historias de terror cortas para leer de noche

Actualizado el

En este artículo
  1. 1. El último autobús
  2. 2. Mensaje de voz
  3. 3. La niña del piso de abajo
  4. 4. El monitor del bebé
  5. 5. La ruta guardada
  6. 6. La foto de grupo
  7. 7. Inventario
  8. Cómo leerlas en voz alta

Estas siete historias están escritas para leerse de una sentada, con poca luz y sin prisa. Ninguna supera las trescientas palabras. Funcionan igual de bien leídas en silencio que contadas en voz alta, y todas terminan un poco antes de lo que te gustaría.

Si prefieres decidir tú qué hace el protagonista, prueba las historias interactivas de terror: cinco relatos en los que eliges qué hacer y cada decisión lleva a un final distinto.

1. El último autobús

Clara cogió el nocturno de la una y diez porque no había otro. Se sentó al fondo, junto a la ventanilla, y tardó tres paradas en darse cuenta de que todos los demás pasajeros tenían la ropa empapada.

No llovía. No había llovido en semanas. Un hombre mayor goteaba sobre el asiento de delante. Una chica con uniforme de instituto tenía algas enredadas en el pelo. Nadie hablaba. Nadie miraba el móvil.

El autobús dejó la avenida y tomó la carretera del embalse. Clara se levantó, pulsó el timbre y fue hacia la puerta. El conductor la miró por el retrovisor.

—Esta línea no para hasta el final —dijo—. Nunca ha parado.

Clara miró sus propias manos. Le temblaban. Y de la manga de su abrigo, muy despacio, empezó a caer una gota de agua.

2. Mensaje de voz

El mensaje llegó a las 23:58 y el remitente era su propio número. Duraba once segundos. Marcos lo escuchó en la cocina, con la luz apagada.

Era su voz, sin duda. Respiraba rápido, como si hubiera subido corriendo una escalera. «No abras la puerta cuando llamen. Aunque sea ella. Sobre todo si es ella». Luego un ruido seco y el silencio.

Marcos comprobó la fecha del mensaje. Tenía fecha de mañana.

A las doce y cuarto llamaron a la puerta. Tres golpes suaves. La voz de su hermana, que vivía a seiscientos kilómetros, dijo su nombre con mucho cariño.

Marcos no abrió. Se quedó sentado en el suelo del pasillo hasta que amaneció. A las ocho, su hermana le escribió desde su casa: «Qué raro, he soñado que iba a verte y no me abrías».

3. La niña del piso de abajo

La niña llamó a la puerta de Inés un martes por la noche. Tendría siete u ocho años, iba descalza y llevaba un pijama de estrellas.

—¿Me dejas esconderme aquí? Es que vienen a buscarme.

Inés la hizo pasar, le dio un vaso de leche y bajó al tercero para avisar a sus padres. El tercero estaba vacío. Llevaba meses en obras, con la puerta precintada y el suelo levantado.

Cuando volvió a su casa, la niña seguía en el sofá, con el vaso intacto entre las manos.

—No vienen a buscarme a mí —dijo, sin mirarla—. Yo solo he venido a avisarte.

En el rellano, alguien empezó a subir la escalera. Despacio. Contando los escalones en voz alta.

4. El monitor del bebé

A las tres de la madrugada, el monitor mostró a alguien sentado en la mecedora del cuarto de Leo. Una silueta quieta, con las manos en el regazo, mirando la cuna.

Javier cruzó el pasillo en cuatro zancadas y encendió la luz. La mecedora estaba vacía y Leo dormía con los puños cerrados. Revisó el armario, detrás de la puerta, debajo de la cuna. Nada.

Volvió al dormitorio. Lucía estaba sentada en la cama con el monitor en las manos y la cara blanca.

—Te he visto entrar —susurró—. Te he visto buscar por todas partes.

—No había nadie.

Lucía giró la pantalla hacia él. La imagen seguía en directo. Javier, en el cuarto del bebé, revisaba el armario. Y la silueta de la mecedora estaba de pie, justo detrás de él.

5. La ruta guardada

Andrea bajó del monte cuando ya anochecía, siguiendo el sendero marcado. Tardó dos horas, siempre cuesta abajo y siempre en línea recta. Llegó al coche con los pies destrozados.

En casa abrió la aplicación para guardar la ruta. El trazado de la bajada no era una línea. Era un círculo pequeño, de apenas cien metros, repetido una y otra vez alrededor del mismo punto: la cabaña abandonada que había visto al subir.

Contó las vueltas. Cuarenta y tres.

Esa noche no pudo dormir. Hacia las cuatro, el móvil vibró sobre la mesilla. La aplicación había empezado a grabar una ruta nueva por su cuenta. El punto azul estaba dentro de su casa, avanzando muy despacio por el pasillo hacia su dormitorio.

6. La foto de grupo

En la cena de antiguos alumnos se hicieron una foto en la escalera del instituto, como veinte años antes. Cuando Pablo la compartió en el grupo, alguien contó las caras. Eran veintitrés. Habían ido veintidós.

El que sobraba estaba en la segunda fila, sonriendo. Todos le recordaban. Se sentaba al fondo, prestaba los apuntes, una vez se rompió el brazo en el patio. Pero nadie sabía cómo se llamaba.

Buscaron en los anuarios. No aparecía en ninguno.

Esa misma noche, cada uno de ellos recibió una solicitud de amistad de un perfil sin foto. Solo tenía una publicación: la imagen de la escalera, con veintitrés caras. Y debajo, un comentario: «Para la próxima ya seremos veinticuatro».

7. Inventario

La tienda de antigüedades cerraba a las ocho y Sergio se quedaba una hora más para hacer inventario. La caja de música era el artículo 114: nogal, con una bailarina de porcelana, sin llave.

El lunes la vendió a una señora muy amable. El martes estaba otra vez en su estante, con el polvo intacto, como si nadie la hubiera tocado nunca.

Llamó a la clienta. Le contestó su hija. La señora había muerto el domingo por la noche. Y no, en casa no había ninguna caja de música.

Sergio dejó de anotarla. Pero cada noche, al apagar las luces, la caja tocaba tres notas. Solo tres. Y una noche, mientras la bailarina giraba, se fijó en que ya no miraba hacia el escaparate. Miraba hacia él.

Cómo leerlas en voz alta

Estas historias funcionan mejor leídas en voz alta a un grupo pequeño. Unos pocos detalles cambian mucho el efecto:

  • Apaga las luces del techo y deja solo una lámpara baja o una linterna de luz cálida. Si lees en el móvil, baja el brillo al mínimo.
  • Lee cada historia antes en silencio. Así sabrás dónde está el giro y no tropezarás con él al leerla en voz alta.
  • Ve más despacio de lo que te parezca natural y, cuando se acerque el final, baja la voz en lugar de subirla.
  • Haz una pausa de dos o tres segundos antes de la última frase. Después, no expliques nada: deja que el grupo lo piense.
  • Para abrir la noche, «El último autobús» o «Inventario», que terminan con una imagen inquietante pero sin sobresalto. Para cerrarla, «El monitor del bebé» o «La foto de grupo», que tienen los finales más perturbadores.

Varias de estas historias juegan con los mismos miedos que las leyendas urbanas más conocidas: un viaje de noche, una voz conocida a deshoras, alguien que no debería estar ahí.

Para una noche completa, combínalas con algunos juegos de misterio para una fiesta de Halloween y termina con el test de supervivencia: el resultado da para discutir un buen rato.

Sigue leyendo